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El plan era salir rumbo a El Calafate al día siguiente de llegar a Puerto Natales en barco , para después ir hasta El Chaltén y ascender ...


Puerto Natales

El plan era salir rumbo a El Calafate al día siguiente de llegar a Puerto Natales en barco, para después ir hasta El Chaltén y ascender el monte Fitz Roy. A pesar de que la compañía Bus-Sur contestó a nuestra consulta por correo electrónico que sí salían autobuses los días 31 de diciembre y 1 de enero, no era cierto. Y nadie se responsabilizó de que ya tuviéramos reservados los hoteles en El Calafate y El Chaltén.

En las oficinas de Bus-Sur nos encontramos con otras dos parejas que querían viajar a El Calafate. Una, de hecho, había comprado los billetes para salir a las 14 horas de ese mismo día, pero el movimiento del mar impidió que pudiéramos cruzar un paso estrecho hasta, precisamente, las dos de la tarde. Llegamos a Puerto Natales hacia las cuatro y, entre amarrar y desembarcar, dieron las cinco.


Puerto Natales
Los seis nos vimos obligados a quedarnos en Puerto Natales. Los demás compraron los billetes de autobús a El Calafate para el 2 de enero. Nosotros cambiamos de planes: decidimos quedarnos un día más que ellos y sustituir el Fitz Roy por las Torres del Paine.

Con una de las parejas coincidimos en la elección de restaurante para celebrar la Nochevieja. Cenamos estupendamente, pero nos echaron antes de las doce; algo nos habíamos olido cuando los platos se sucedían sin casi tiempo para terminar el anterior... Si os encontráis un 31 de diciembre en Puerto Natales, preguntad a qué hora cierran antes de sentaros a la mesa para cenar. Se entiende que ellos también quieran celebrarlo con sus familias, pero se agradecería que lo avisaran.

Las Torres del Paine
Las agencias de turismo abrieron el 1 de enero por la tarde. Compramos un billete regular, esto es, de los que simplemente realizan el trayecto hasta el lugar que quieres visitar, con el que podríamos caminar a nuestro aire por el Parque Nacional Torres del Paine hasta la Laguna Amarga, en lugar de ver mucho parque en autobús y caminar poco en una de las excursiones que ofertaban las agencias. Eso sí, nos recogieron en la puerta de la casa en la que nos alojamos, hacia las 8 de la mañana. Una breve parada en una tienda-cafetería y entramos en el Parque Nacional.

Necesitamos un autobús más antes de empezar a andar desde la Hostería Las Torres. El camino estaba bien: una subida dura al principio, rompepiernas bastante rato, por caminos pedregosos, primero, y entre bosque, después, y más piedras al final. Nos costó unas tres horas y 20 minutos, contando las breves paradas para picar algo dulce. Aunque pasamos un rato junto a la laguna, las nubes no nos permitieron ver las torres enteras.


Subida a las Torres del Paine

Las Torres del Paine

Bajamos sin apenas paradas y a esperar un autobús de vuelta. No llegó hasta más de las 19.30h, con todo el mundo mirando el reloj y pensando que no llegaríamos al siguiente autobús, el que nos devolvería a Puerto Natales. Y encima, no cabíamos todos. Llamaron para que otro viniera a recogernos y respiramos tranquilos.

Celebramos la pateada cenando salchipapas, que acabó siendo el plato que más veces recordamos durante el viaje.

Nos decantamos por la compañía Navimag para descubrir los fiordos chilenos porque nos habían dado buenas referencias y era la opción más e...


En barco por los fiordos chilenos

Nos decantamos por la compañía Navimag para descubrir los fiordos chilenos porque nos habían dado buenas referencias y era la opción más económica de las que encontramos.
La compañía Navimag recorre los fiordos chilenos entre Puerto Montt y Puerto Natales
La primera impresión no fue la esperada... La organización en las oficinas brilló por su ausencia, como se suele decir. Al llegar, dos filas. Elegimos una que parecía avanzar rápido, el único criterio porque no vimos ningún cartel que especificara nada. Resultó que esa era la de entregar las maletas y que había que hacer la otra primero para el dichoso check-in.

Cuando por fin pasamos todos los trámites, nos dijeron que volviéramos “a un cuarto para las dos”, así que caminamos hasta el puerto, parando en los puestos de artesanía que encontramos en el paseo.

El embarque también tuvo su gracia. Había billetes a los que les habían asignado un autobús para ir hasta el barco, pero a los nuestros, no. Pues entonces, nos dijeron, el último, que sería el tercero. Luego, que el cuarto. Finalmente, subimos en el tercero porque había sitio…

Aunque está claro que hay que preguntarlo todo, a veces tampoco sirve de nada. Preguntamos si se serviría la comida al embarcar y contestaron que sí. No hubo comida.

De Puerto Montt a Puerto Natales

Pasamos la primera tarde descubriendo el barco y situando nuestras literas en el laberinto de pasillos. Olvidados los "percances burocráticos" de la llegada, todo me encantó. Fue buena idea ahorrar al prescindir de los camarotes privados. Las literas eran amplias, igual que los armarios donde guardar bajo llave las maletas o mochilas.

Marcelo, encargado de amenizar la navegación, tocaba diana a las 8 de la mañana. Acudir a la charla informativa de las 10 para conocer los lugares por los que pasaríamos, aprender sobre pájaros y aves chilenos con documentales, alimentar nuestro estómago a las horas establecidas y, sobre todo, disfrutar de los paisajes en cubierta eran las tareas diarias.

Paisajes desde el barco

El segundo día, salir al Pacífico, a océano abierto, y pasar el Golfo de Penas no tuvo más trascendencia que dejar de ver las diversas islas chilenas que iban surgiendo durante el trayecto. Tan solo algún vaivén que otro que te hacía perder el equilibrio -en la ducha...- y te recordaba dónde estabas. El verano austral es la mejor época para evitar la furia oceánica de otros meses; en julio debe de ser mortal…



Navegando  por el océano Pacífico

Ni siquiera el nombre es lo que parece. Marcelo nos contó que 'Penas' evolucionó desde 'Peñascos' al perder la letra ñ en los mapas de navegación que hicieron los británicos, ya que esta letra no existe en el abecedario inglés.

El tercer día nos llevaron al ventisquero Témpanos. Como curiosidad, ventisquero es el término que Marcelo defendía como correcto para denominar un glaciar en español. Prácticamente lo tocamos con las manos; la verdad, no me esperaba que se acercaran tanto. Era el aperitivo, porque en menos de una semana conoceríamos el Perito Moreno.

Un ventisquero al borde de la ruta

El día resultó muy entretenido, ya que más tarde vimos el barco Leónidas que, según cuentan, llevaba mercancía desde Brasil hasta Chile y que, después de vender todo en Uruguay, lo hicieron chocar cuando pasaban por este canal para cobrar el seguro. Pero el barco no se hundió. Ni siquiera cuando, años después, la marina chilena hizo prácticas de tiro con él y le dejó varios agujeros de recuerdo.
El Leónidas

Pasamos después la Angostura inglesa, un paso estrecho en el que el barco debe hacer un giro de casi 90 grados.

Paso de la Angostura inglesa

Y, finalmente, llegamos a Puerto Edén, un pueblo de menos de 200 habitantes que pertenece a Puerto Natales y en el que los pasajeros podíamos estirar las piernas por un camino de madera que lo rodea.
Puerto Edén

Puerto Edén
Y por la noche, fiesta latina y bingo, como en todo crucero que se precie. La puesta de sol de la última noche fue la más espectacular.
Última noche por los fiordos