Mostrando entradas con la etiqueta Nepal. Mostrar todas las entradas

Cuatro de los siete conjuntos monumentales Patrimonio de la Humanidad que posee el Valle de Katmandú, en Nepal, se encuentran en la cap...


4 tesoros de Katmandú

Cuatro de los siete conjuntos monumentales Patrimonio de la Humanidad que posee el Valle de Katmandú, en Nepal, se encuentran en la capital nepalí, Katmandú: la plaza Durbar; las estupas budistas de Swayambhunath y Bodhnath, y el templo hinduista de Pashupatinath.

   1. La plaza Durbar de Katmandú, como las de Bhaktapur y Patan, era el lugar donde los reyes de la ciudad eran coronados y donde residían. De ahí su nombre, Durbar, que significa 'palacio' en nepalí.

En realidad, más que una plaza son tres: la plaza Durbar, la principal, al oeste; la plaza Basantapur, al sureste de la primera, y la plaza Makbhan, en la que se encuentra la entrada al palacio real, Hanuman Dhoka, al noroeste.

Plaza Basantapur

Ha sido el conjunto monumental más afectado por los terremotos de 2015. En la plaza principal, fue destruido el templo Maju Deval, un lugar elegido por muchos turistas para observar los alrededores de la plaza, a los vendedores de fruta y verdura, a los paseantes... Además de por sus vistas, este templo de finales del XVII destacaba por sus puntales de tallas eróticas.

Enfrente, el templo Maju Deval; a la izda., el templo Narayan
Puestos de frutas y verduras, junto al templo Lakshmi Narayan
También se han perdido el templo Mohan Narayan, santuario del dios Vishnu, y Kasthamandap, un pabellón de madera dedicado al asceta Gorakhanath, y varios edificios han tenido que ser apuntalados, como el de Kumari Bahal, donde vive la kumari, una niña a la que se venera como diosa hasta que alcanza la pubertad.

Templo Mohan Narayan; a su dcha., estatua de Garuda, y detrás, Kumari Bahal

Sin embargo, sigue mereciendo la pena acercarse hasta este centro tradicional del casco antiguo de la capital nepalí, un auténtico museo de palacios y pagodas, que se han llegado a cifrar en 60. Entre las joyas, destaca Hanuman Dhoka, un complejo palaciego que tuvo más de 35 patios en su origen, o el templo de Krishna, de planta octogonal, similar al que se encuentra en la plaza Durbar de Patan.


La columna del rey Pratap Malla mira hacia el templo Degutaleju (Hanuman Dhoka)

   2. Al oeste de Katmandú, se encuentra la estupa Swayambhunath (200 rupias, la entrada en 2011), un templo budista al que llegamos desde el barrio de Thamel después de pasar por el templo de Indrani, cruzar el más que sucio río Vishnumati y encontrarnos con otros dos templos de camino, Shobabaghwati y Bijeshwari.

Subimos la colina por unas escaleras interminables para disfrutar del conocido como templo de los monos y de las vistas de todo Katmandú. El terremoto destruyó uno de los dos templos blancos de estilo indio y provocó daños en otros edificios, pero como en los demás casos, son muchos los edificios interesantes en el conjunto que se conservan.

Así, además de la estupa, con sus ojos vigilantes de Buda y sus ruedas de oraciones, este lugar incluye un museo de estatuas budisas, un refugio de peregrinos y un monasterio.

El templo de los monos

   3. El último día de nuestra estancia en Nepal visitamos otros dos grandes templos de Katmandú. Primero, tomamos un taxi hasta Pashupatinath (500 rupias, la entrada en 2011), el templo hindú más importante de Nepal.

Parte principal del templo hindú Pashupatinath

Lo primero que llamó nuestra atención fueron las piras funerarias y un muerto en andas, al que vimos cómo le despojaban de su vestimenta y lo adornaban después con guirnaldas. Alrededor, había más gente preparando ofrendas que depositaban en el río Bagmati, aunque otros solo esperaban a que pasara una por su lado, sacarla del agua y rebuscar por si había algo de valor…

Preparando la pira funeraria en Pashupatinath

Impresionaban también los peregrinos desnudos, con pulseras que cubrían sus brazos; otros pintaban su cara de blanco y se ofrecían para una foto a cambio de unas monedas.

Antes de salir, subimos a las terrazas que hay frente al templo para intentar ver desde más altura, al menos, el tridente dorado de Shiva, ya que la entrada a la parte principal del templo está reservada para los hindús.

El tridente dorado de Shiva asoma entre los edificios del templo Pashupatinath

Al parecer, los terremotos no afectaron este templo.

   4. Desde Pashupatinath, caminamos hasta Bodhnath (150 rupias, la entrada en 2011), una de las estupas “más grandes del mundo”, según dicen, y que está rodeada de monasterios budistas.

La estupa de Bodhnath

Alrededor de la base del montículo circular de la estupa hay 108 imágenes (número de buen augurio para los tibetanos) del Buda Amitabha. El muro de ladrillo que bordea la estupa tiene 147 hornacinas, cada una con 4 ó 5 ruedas de oraciones con el mantra om mani padme hum (“salve a la joya del loto”). La estupa, que sufrió algunos daños por los terremotos de 2015, está siendo reconstruida.

Este lugar se ha convertido en el centro religioso de la población tibetana de exiliados en Nepal.

Bodhnath, centro religioso de la población tibetana de exiliados en Nepal


Bandipur y Gorkha, dos ciudades al oeste de Katmandú, son hitos de la cultura newar, una de las múltiples etnias del país de los Himalaya...


Nepal

Bandipur y Gorkha, dos ciudades al oeste de Katmandú, son hitos de la cultura newar, una de las múltiples etnias del país de los Himalayas. Puedes descubrirlas en una escapada de dos días desde la capital nepalí. 

De Katmandú a Bandipur
El viaje a Bandipur, a unos 150 kilómetros de Katmandú por la carretera que lleva a Pokhara, mereció la pena, sobre todo por los paisajes. Verde que te quiero verde. Y yo recordando la antigua carretera de Pamplona a San Sebastián... Por el color, no os confundáis.

De camino a Bandipur

La salida de la ciudad desde el hotel, donde nos recogieron con una camioneta, ya era una odisea a las seis de la mañana. Pero lo que dio lugar a más conversaciones y suposiciones fueron las paradas que nos hizo la policía. La primera, a la salida de la capital, para pedir algo a nuestro chófer, que parecía no encontrar; mientras uno hablaba con él, otro nos preguntaba a nosotros a dónde íbamos y qué hacíamos en Nepal. Por los gestos, pensamos que no coincidía con la versión del chófer. Pero nos dejaron seguir ruta. Otro par de paradas después, llegamos a nuestro destino.

Ejemplo inmejorable de la cultura newar, Bandipur expone al visitante sus casas con ventanas de madera tallada y tejados de pizarra, sus templos... En la calle principal encontramos, entre todas esas casas de madera, la más bonita, la Old Bandipur Inn, una mansión newar restaurada. 

Old Bandipur Inn

En el extremo de la calle, se sitúa el Bindebasini Mandir, un templo dedicado a Durga, una de las formas de la diosa Devi, y la oficina de turismo, justo desde donde nacen unas escaleras hasta el Mahalaxmi Mandir, otro templo centenario.

Si sigues ascendiendo, descubrirás el Khadga Devi Mandir, un edificio en el que guardan la espada que, cuenta la leyenda, Shiva regaló a Mukunda Sen, el rey de Palpa (al suroeste de Pokhara) en el siglo XVI, y que rechazó para seguir una vida de asceta. Al lado se ubica una escuela, que, según un profesor, recibía a los niños más pobres. 

Arriba, la calle principal de Bandipur; abajo, los templos Bindebasini (izquierda) y Khadga Devi

Detrás de ella, un camino asciende hasta el monumento a los mártires, que rememora la muerte de los hombres que lucharon contra la dinastía de los Rana tras la independencia de la India. Desde allí seguimos hasta Tundikhel, una antigua plaza de armas, ahora convertida en terreno para pasto de ganado y sombras para los pastores.


Tundikhel, una antigua plaza de armas de Bandipur

Antes de abandonar Bandipur, nos sentamos a comer un helado mientras observábamos a la gente que pasaba: colegiales calle arriba, calle abajo; mujeres cargadas con mucho peso; turistas cuyo andar descalzos y extrema delgadez hacían presuponer una estancia más prolongada que la nuestra…

De Bandipur a Gorkha
Por la tarde partimos rumbo a Gorkha, una ciudad más grande y poblada que Bandipur. Aquí nació Prithvi Narayan Sha, el rey del valle de Katmandú, que logró conquistar todo Nepal y trasladó la capital de Gorkha a Katmandú. 

Una cuesta pronunciada y sus 1.500 escalones de piedra (nada para nuestras piernas entrenadas, después de un trekking de 11 días) acaban en Gorkha Durbar: un fuerte, un palacio y un templo a la vez. Considerada la joya de la corona de la arquitectura newar, fue residencia real hasta que, al perder la capitalidad del país, se convirtió en monumento nacional.


Hay que subir 1.500 escaleras hasta el palacio real de Gorkha

En el conjunto palaciego, destacan el templo Kalila, de principios del siglo XVII, y el antiguo palacio del rey Shah Dhuni Pati; ambos edificios conservan elaboradas tallas de madera.


Bellas tallas de madera

La vuelta en camioneta hasta Katmandú, otras cuatro horas de viaje, nos ofreció varias oportunidades para darnos de bruces con vehículos que adelantaban en plena curva a otros cuatro a la vez. Pero el golpe, finalmente, fue de lo más tonto… El chófer frenó para no atropellar a unos pollitos que cruzaban la carretera y el coche que venía detrás chocó con nosotros. No fue nada.

¿Has tenido, o querrías tener, una escapada a otras ciudades del interior de Nepal?


El Valle de Katmandú, en Nepal, cuenta con siete conjuntos de monumentos considerados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, entre l...


Bhaktapur y Patan, conjuntos monumentales Patrimonio de la Humanidad

El Valle de Katmandú, en Nepal, cuenta con siete conjuntos de monumentos considerados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, entre los que se encuentran las plazas Durbar de Bhaktapur y Patan.

Mi primera visita cuando viajé a Nepal en 2011 fue a Bhaktapur, la tercera ciudad más grande del Valle de Katmandú. Me encantó pasear por calles y callejuelas libres de tráfico; descubrir un templo de cinco plantas, el más alto del valle; observar a un líder espiritual que atravesaba la ciudad con sus seguidores, o degustar la comida, que pedimos “con poquitas especias”, especial para los turistas con precauciones: una sopa de tomate, arroz con borraja, yogur casero y té con leche.

Conocida como la ciudad de los devotos, Bhaktapur se encuentra a menos de 20 km al este de Katmandú, la capital nepalí, con la que comparte el honor de ser una de las tres ciudades reales en el valle. La tercera es Patan.


Entrada a la plaza Durbar de Bhaktapur, destruida por los terremotos de 2015

Bhaktapur fue fundada, según algunos estudiosos, por el rey Ananda Malla en el siglo XII y fue la capital del reino de esta dinastía durante los tres siglos siguientes.

Una vez en la plaza Durbar de Bhaktapur, entramos en el Palacio de las 55 ventanas por la Puerta Dorada (Golden Gate), aunque la parte más bonita se reserva para la visita de los hindúes. El palacio Nyaynyapa Jhya, que destaca por esas 55 ventanas talladas, especialmente las de la segunda planta, alberga la Galería Nacional de Arte. Ha tenido que ser apuntalado como consecuencia de los terremotos de 2015.


Palacio de las 55 ventanas, Bhaktapur

Dos templos han sido, además, destruidos en esta plaza por esos seísmos: Vatsala Devi, que se encontraba detrás de la columna que sostiene al rey Bhupatindra, de la dinastía Malla, y Kedarnath (Shiva), de terracota, situado en una de las esquinas de la plaza. 


La ciudad conserva diez monumentos más en esta plaza, construidos entre los siglos XII y XVIII.

Entre las pagodas, el templo de piedra Vatsala Devi, destruido por los terremotos de 2015

A la izquierda de la imagen, el templo de terracota Kedarnath, destruido por los terremotos de 2015

Callejeamos por Bhaktapur, después de la visita al palacio, siguiendo las recomendaciones de la guía Lonely Planet, aunque con dificultades para reconocer calles y templos, salvo aquellos cuya fotografía aparecía en el folleto que nos repartieron en la entrada.

Así, nos acercamos hasta la plaza Taumadhi, donde nos aguardaba el templo de cinco plantas, Nyatapola, el más alto del valle, que se ha mantenido en pie tras los terremotos. 


El templo de cinco plantas, Nyatapola, en la plaza Taumadhi

En el centro de la plaza, una carroza abandonada parecía recordar que habían celebrado el desfile del año nuevo nepalí apenas dos días antes de nuestra llegada. Se trata de la celebración del Bisket Jatra, en la que varios carros desfilan por las calles de Bhaktapur mientras todos intentan subirse.

Era el año 2068.


Uno de los carros del festival Bisket Jatra, en Bhaktapur


Patan
Otra visita imprescindible en el Valle de Katmandú es Patan, o Lalitpur, que en sánscrito significa 'Ciudad de la belleza'.

Esta ciudad, que se cree que fue construida en el siglo III a.C. por la dinastía Kirat, se encuentra a unos 5 km al sur de la capital nepalí.

Llena de arte religioso, con 19 edificios históricos entre templos y monasterios, Patan destaca por su plaza Durbar, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Y ha tenido la suerte de ser el conjunto monumental menos afectado por los terremotos de 2015.


La plaza Durbar de Patan

La plaza Durbar de Patan
Lo que más me impresionó de la plaza de Patan fue el templo Krishna Mandir, un edificio de piedra de estilo hindú que despunta entre todos los demás monumentos de este conjunto que rodea el Palacio de los reyes Malla.

El templo, construido por el rey Siddhi Narasingha Malla en el siglo XVI d.C., representa con escenas de arte bajorrelieve las epopeyas indias Mahabharata y Ramayana. 


Krishna Mandir, en la plaza Durbar de Patan

También se encuentra en la plaza el Museo de Patan, un antiguo palacio de la dinastía Malla del siglo XVIII que custodia estatuas de bronce y objetos religiosos, algunos de ellos del siglo XI. 


Fachada del Museo de Patan

Algunas piezas del Museo de Patan


Datos prácticos
Fuimos desde Katmandú a Bhaktapur en taxi, por 700 rupias. La entrada en la plaza Durbar nos costó 1.100 rupias (o 15 dólares), en abril de 2011.

Puedes alargar la visita a esta ciudad con las dos plazas Pottery que, como su nombre indica, se utilizan para exponer piezas de cerámica, una industria tradicional en Bhaktapur. Una se encuentra al suroeste de la plaza Taumadhi y la otra, al sur de la plaza Dattatraya (al este de la ciudad).

A Patan, fuimos andando desde Katmandú. Desde el barrio de Thamel hay unos 5 km hasta la plaza Durbar de Patan: seguimos por la carretera Arniko; cruzamos el puente sobre el río Bagmati; subimos hasta Sankhamul, y llegamos a la estupa norte de Patan. 
De esta forma, descubrimos otra parte de la capital nepalí. 

La entrada nos costó entonces 200 rupias.



Si por algo se caracteriza y se conoce Nepal es por las múltiples opciones de trekking que ofrece. Uno de los más concurridos es el que se...


Fin del trekking al Gokyo Ri
Si por algo se caracteriza y se conoce Nepal es por las múltiples opciones de trekking que ofrece. Uno de los más concurridos es el que se dirige al campo base del Everest; nosotros elegimos compartir parte del recorrido de este y desviarnos después para continuar hasta el Gokyo Ri, una montaña de 5.360 metros (la cifra varía según la fuente consultada), para disfrutar así de mayor tranquilidad.

La contrapartida era la pregunta de todo el mundo cuando les contábamos cuál era nuestro destino: “Only Gokyo Ri?”.


Trekking de Lukla al Gokyo Ri

Vuelo a Lukla, punto de partida
Salimos en furgoneta desde nuestro hotel en Katmandú, un poco después de las seis de la mañana, rumbo al aeropuerto Tribhuvan para volar a Lukla, punto de inicio de nuestro trekking.

Nunca deja de sorprenderme el caos de lugares como este, la terminal nacional del aeropuerto de Katmandú. Nos pesaron las 8 mochilas juntas, se quedaron con nuestros billetes y nos enviaron a pagar 170 rupias (las tasas) a una ventanilla al extremo contrario de lo que, más que una terminal, parecía un gallinero. Recuperamos los billetes y nos dieron los resguardos del equipaje, para pasar después por el control y el cacheo, una mujer para las mujeres, un hombre para los hombres. Uno de nosotros, no diré quién, quiso cargar el móvil en un enchufe junto a unos fregaderos donde lavaban grandes cacerolas y, en ese preciso momento, toda la sala de espera se quedó sin luz. ¿Casualidad?

Subimos a una avioneta de unas catorce plazas de la compañía Tara Air,penando por no haber sido tan rápidos como nuestros compañeros de viaje, que ya habían elegido los asientos en el ala izquierda para poder disfrutar de las mejores vistas del Himalaya. Un par de sustos al estómago y un caramelo después, gracias a una azafata que parecía un pez fuera del agua en aquel diminuto aparato, llegamos a Lukla. Las imágenes hablan por sí solas del que es considerado por algunos como el aeropuerto más peligroso del mundo.

El aeropuerto de Lukla, el "más peligroso del mundo"... posiblemente
El Aeropuerto de Lukla cambió su nombre por el de Aeropuerto Tenzing-Hillary en honor de Sir Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay, las primeras personas en alcanzar la cumbre del Monte Everest. Su pista, que mide 450 metros, tiene en uno de sus lados un muro y en el otro, un acantilado.

Increíble, pero a pesar de que todos los indicios hacían sospechar que nuestras mochilas no llegarían a su destino, lo hicieron. Me encantaría saber cuál es la probabilidad de perder las maletas en Nepal y en España para poder comparar…

Y a caminar.

Primer día, de Lukla a Phakding
Lukla es una ciudad de la región de Khumbu, al este de Nepal, y a 2.860 metros de altura, desde donde parte la gran mayoría de los trekking por el Himalaya.


Empezando el 'trekking' desde Lukla
El paisaje de la montaña nepalí es espectacular. El camino, de piedras, está rodeado de árboles y arbustos (algunos me recordaron a las fotinias que había plantado ese año en casa y podían ser, porque crecen en regiones de Asia), casas de colores que forman pueblos acogedores, montañas que acaban en picos nevados, ríos azules que parecen recién pintados. Cruzamos puentes colgantes impresionantes, junto a porteadores que lo mismo cargan 60 kilos de cerveza que cuatro mochilas, peso que no les deja levantar los ojos del suelo.

Después de un par de paradas para comer y descansar un poco, y de pasar Phakding,decidimos alojarnos en una casa solitaria al lado del camino, con un montañero que nos contó que había subido dos veces el Everest, su mujer y Eric, un pequeñín goloso de tres años. La cena que nos prepararon compensó la caminata con creces: sopa de tomate y setas, momos deliciosos (una empanadilla rellena con diferentes ingredientes, como carne o verduras), espaguetis y tortilla de queso.


De Lukla a Phakding

Segundo día, de Phakding a Namche Bazaar
Nada como empezar el día con un buen desayuno: unos chapatis (pan indio hecho de una masa de harina integral, agua y sal) con, por ejemplo, mermelada de naranja y miel.

La subida era dura. Al principio, parecía que tras cada cuesta el camino te iba a dar un respiro, pero nada de eso. Aprovechamos la parada obligada para pagar la entrada al Parque Nacional de Sagarmatha (1.000 rupias, independientemente del tiempo que vayas a estar) para juntarnos y almorzar. Antes de salir de Katmandú, habíamos comprado un permiso denominado TIM (Trekkers’ Information Management System), por el que te registran como senderista, la ruta que vas a hacer y el tiempo que vas a emplear.


Los preciosos ríos de Nepal

El río que cruzamos después me fascinó, ¡qué color! Igual que las montañas nevadas que, de vez en cuando, se asomaban entre las nubes. Una cuesta interminable llegó de repente y sin descanso. Nos separábamos y nos volvíamos a juntar, hasta que alcanzamos Namche Bazaar, la capital comercial de la región de Khumbu, y la terraza que daba la bienvenida a los caminantes.

Elegimos un alojamiento en la vía principal (Kala Pathar), ocupada por multitud de puestos con todo tipo de productos. 300 rupias la noche en habitación doble y otro tanto por la ducha, el lujo de la ruta.


De Phakding a Namche

Tercer día, de Namche a Tengboche
Nos costó salir de Namche. Que si yo compro pan, que si yo, queso, que si cambio euros por rupias (aquí es el último lugar en el que podrás hacerlo hasta el final del trekking), que si por aquí o por allí. El inicio fue exigente, aunque luego disfrutamos un buen rato de llanear entre árboles y montañas, y de la aparición del Ama Dablam. Cuando empezó la subida de verdad, ya no había marcha atrás.

Elegimos seguir vía Tengboche, en parte, por aclimatarnos a la altura, y en parte, por visitar este lugar y su monasterio. En un principio, creíamos que tendríamos que desandar luego lo andado hasta Namche y tomar otra ruta hacia Gokyo, pero nos confirmaron un camino alternativo que habíamos descubierto cuando preparábamos el viaje gracias a Google Earth y que evitaba la vuelta.

Fueron más de 500 metrosde desnivel. Los yaks, y algún caballo, nos pasaban una y otra vez. A media mañana, llegamos al cruce que señalaba la dirección a Gokyo y a Tengboche, de donde nos separaban dos horas. Una vez cruzado el río, todo fue subir y subir. El que parecía el mejor aclimatado del grupo seguía a un porteador con tres balas de hierba sin parar ni un segundo, y yo le seguía a él. A menos de doscientos metros del final de la jornada, la última curva nos dejó ver un templo que anunciaba Tengboche, y la primera gran vista del Everest.

Dejamos los bártulos en la Himalayan House (5 dólares la habitación doble), que nos habían recomendado en el alojamiento de Namche, y nos sentamos a comer con vistas a las montañas más altas del mundo. Nos dedicamos después a contemplar el monasterio, colorido como pocos, los dibujos de dioses y sus formas diferentes… Si queríamos ver el interior, había que levantarse para asistir a misa a las 7 de la mañana.


De Namche a Tengboche

Cuarto día, de Tengboche a Phortse Thanga
El ruido de pasos en la madera del piso superior me despertó antes de las seis de la mañana, así que no tuve excusa para no acudir a la misa que se celebraba en el monasterio. Los monjes estaban sentados sobre tarimas, con mantas, mientras tomaban el té entre rezo y rezo. Algunos se permitían bostezar, otros miraban de reojo a los turistas, otros llegaban tarde… Gestos muy humanos que restaban mística al momento.

Casi tres cuartos de hora después, finalizaron los rezos y los monjes salieron en tropel al sol, mientras se estiraban. Nosotros hicimos lo propio, que allá donde fueres… Los síntomas del mal de altura provocaron que dos personas del grupo regresaran a Namche; antes de separarnos, nos hicimos una foto de despedida.

Y de nuevo en ruta. El encargado del hostal en el que nos alojamos nos acompañó hasta el inicio del camino que nos llevaría a Phortse Thanga, el final de la ruta del día. En teoría, 40 minutos de bajada hasta el río y media hora de subida, que se alargó un poco más… Al llegar, otra persona más del grupo tomó el camino de regreso a Namche por otra vía.


De Tengboche a Phortse Thanga

Quinto día, de Phortse Thanga a Luza
Por la mañana, calorías en forma de torta con azúcar y un té de menta, para empezar una subida más. Mi fuerza de voluntad se rebelaba y se negaba a seguir andando. No ayudó que se nos echaran las nubes encima ni que nos trajeran agua nieve. Yo solo quería llegar.


Subimos de Phortse Tanga a Luza

Paramos en una casa en Luza, Khang Tega View Lodge. Una habitación enorme, con una cama grande y un gran ventanal (100 rupias), heladora, claro… así que mejor pasar el tiempo en el comedor, con una buena estufa, y almorzar una deliciosa y calentita sopa de lentejas (dhal).


Parada y fonda en Luza

Dimos un breve paseo por la zona, hasta otro alojamiento. Pero lo más divertido del día, para algunos, fue el tête à tête de un compañero con un yak, mientras otro le incitaba a acercarse “porque no cabía en el vídeo” y la señora que nos alojaba nos decía, a los que contemplábamos la escena desde el comedor, a salvo y riendo, que ese era el más peligroso de sus yaks, que se alejaran. Todo terminó sin heridas… físicas.

Sexto día, llegada a Gokyo
Madrugamos algo más que los demás días, para andar hasta Gokyo, un pueblo formado básicamente por casas que alojan a quienes planean subir el Gokyo Ri (5.360 m), un pico desde el que se ven varios ochomiles, el Everest, el Lhotse, el Makalu o el Cho Oyu. 

Al fondo, el Cho Oyu, de camino a Gokyo

Una señora salió a nuestro encuentro para ofrecernos habitación en el Gokyo Lake Side Lodge: no nos la cobraría si, a cambio, comíamos en su restaurante. Lo mejor del lugar, las vistas al lago y a nuestra cumbre.


El Gokyo Ri


Cenamos pronto, que había que levantarse temprano para subir la montaña, con sus cerca de 600 metros de desnivel, lo que nos llevarían unas dos horas y media.

Séptimo día, cumbre del Gokyo Ri
Mi primer cinco mil. No sé si será el único o si me atreveré con mayores alturas. No me atrae el sufrimiento que exige ascender las montañas más altas del planeta, pero me encantó andar por la cordillera del Himalaya.

Parecía que el sol iba a calentar nuestra subida, pero nos engañó. Se nubló y eso impidió, además, contemplar las vistas desde la cumbre. Aun así, nos quedamos más de dos horas esperando que se abriera algún claro. El Everest y el Cho Oyu se resistieron a dejarse ver, pero las montañas que descubrimos entre las nubes eran espectaculares.

Pasamos la tarde en el comedor de nuestro alojamiento, jugando con la hija de los dueños y viendo las fotos del tiempo que llevábamos de viaje.


Cumbre del Gokyo Ri

Octavo día, de Gokyo a Phortse Tanga
Abandonar Gokyo nos costó. Los montañeros más aguerridos se volvían, paso sí, paso también, a despedir al Cho Oyu, que entonces sí podíamos ver porque las nubes habían desaparecido, soñando con volver con esa cumbre como meta.

En unas tres horas nos plantamos de nuevo en Luza y tomamos el té con quienes nos habían alojado hacía dos días. Y vuelta al camino, hasta Portshe Tanga.

Lo mejor de estos días, después de las caminatas, era sentarse con los amigos alrededor de una mesa y disfrutar de historias pasadas y sueños futuros.


Dejamos atrás el Cho Oyu y Gokyo

Noveno día, de Phortse Tanga a Namche
No deshicimos exactamente el camino andado, sino que volvimos vía Khumjung,pasando por un monasterio que no lo parecía… Más bien era una tienda con terraza, una estupa y, subiendo un poco más, otra tienda con su respectiva terraza. Lo peor del camino elegido, las escaleras, unas rocas y piedras pequeñas en una pendiente muy pronunciada.

Escaleras en el camino a Namche vía Khumjung

Khumjung me sorprendió, con sus tejados verdes y su animación en la calle principal, llena de puestos. Una subida más hasta acercarnos a una pista de aterrizaje (Shyangboche) junto a un hotel de los que prefieren andar bastante menos y pagar bastante más (Everest View Hotel), y vuelta a bajar hasta Namche y el Kala Pathar, nuestro alojamiento.


De vuelta en Namche

Esa noche, en Namche, celebramos una pequeña fiesta con todo un lujo en Nepal, el jamón serrano que llevaba un montañero previsor, y tiramos el presupuesto por la ventana para acompañarlo de un poco de queso de yak, pan de centeno y unas cervezas.

Décimo día, de Namche a Phakding
La verdad es que pensaba que la vuelta iba a ser más fácil, pero tras cada bajada la subida se hacía más pesada. Paramos un rato a meter los pies en el río, al sol, convertidos en la envidia de todos los que pasaban, y comimos en la casa donde nos alojamos la primera noche del camino.

Seguimos, después, hasta el último alojamiento de la ruta, donde disfrutamos de unas buenas sopas de tomate y de setas, y de la conversación del dueño del lugar, que presumió de haber ganado un concurso de baile sherpa en Lukla.


El puente más largo que cruzamos, 109,50 m

Undécimo día, de Phakding a Lukla
Lo peor de las últimas horas de camino hasta Lukla fue la lluvia, que empezó a las siete de la mañana y parecía no tener fin. Así que nos encontramos con que no había vuelos en todo el día, hasta que escampó un poco y pudieron llegar avionetas desde Katmandú para algunos de los que esperaban desde hacía más tiempo.

De vuelta en Lukla

Al día siguiente, el sol reapareció. El desconcierto en el aeropuerto era monumental. Colas de gente con montones de mochilas tiradas en el suelo, trabajadores corriendo y arrastrando tras de sí a turistas desconcertados… Parecía imposible, pero nos llegó el turno de volar.

Y lo hicimos entre nubes, así que no tuvimos el premio de las buenas vistas. A la llegada a Katmandú, tomamos un taxi con el que nos adentramos en un caos todavía mayor que el habitual de la capital. Los nepalíes celebraban el 1 de Mayo.